Históricas

En la edición Nro 43 de MEMORIAS DE VENEZUELA, revista editada por el Centro Nacional de Historia, aparece el artículo que se transcribe a continuación (por demás pintoresco e ilustrativo) sobre las vivencias del ciudadano inglés Edward B Eastwick en el cual relata la Venezuela de 1864, UN PAÍS RICO SUMERGIDO EN LA POBREZA, “máxima” que a mi modo ver, lamentablemente, tiene vigencia aún después de 153 años. Espero lo disfruten!


Edward B. Eastwick vio a Venezuela como un país rico lleno de pobreza

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Frederick Siegfried George Melbye, Velero frente a La Guaira, Caracas, 1853. Colección Fundación John Boulton

En abril de 1863 la Guerra Federal había terminado. El nuevo gobierno tenía el reto de resolver la situación fiscal, la deuda pública y cumplir con las obligaciones internacionales vencidas. Ante esto el vicepresidente Guzmán Blanco decidió conseguir un nuevo empréstito para el país y reestructurar los plazos de pagos. Con esa intención viajó a Inglaterra, donde firmó un convenio con la General Credit and Finance Company of London Limited.

Al año siguiente, la compañía envió a Edward Eastwick como comisionado para que se encargara de la recaudación de los derechos del empréstito y del cuidado de los intereses del gobierno inglés. Así se inició la aventura de este personaje, quien pudo recorrer La Guaira, Caracas, Puerto Cabello y Valencia entre julio y octubre de 1864. Su viaje lo plasmó en un libro: Venezuela o apuntes sobre la vida en una República Sudamericana con la historia del empréstito de 1864.

LA GUAIRA: OMBLIGO DE LA COSTA VENEZOLANA

Edward Backhouse Eastwick era un diplomático con experiencia. Tenía conocimientos sobre la India y estaba interesado en conocer a Venezuela en todos los sentidos: sus riquezas, las actividades económicas, las costumbres de la sociedad, el paisaje y la situación política.

Su recorrido se inició en La Guaira, el onphálos de la costa venezolana, un lugar que le mostró un paisaje lleno de contrastes. Por un lado, tenía una belleza natural única, aunque el calor y los fuertes vientos le preocupaban. Por otro, la estructura general del puerto y Plaza Mayor de Caracas, el pueblo así como el comportamiento de algunos habitantes le parecían inapropiados:

Aduana de Puerto Cabello
Ramón Bolet, Aduana de Puerto Cabello en Henrique Neun, “Álbum de Caracas y Venezuela”, Caracas, Litografía de la Sociedad, 1877-1878. Colección Libros Raros de la Biblioteca Nacional

“Después de acechar el momento favorable en que el retozón oleaje hiciera subir laproa de la lancha hasta un pie del desembarcadero en el muelle, di un salto que me iba a hacer caer de nuevo sobre la canoa, a no ser por una media docena de brazos y de manos, que se apoderaron de todas las partes accesibles de mi cuerpo; por cierto que uno de los que vinieron en mi auxilio, con cortesía que rayó en indiscreción, me dio un fuerte pellizco al agarrarme por los pantalones (…) Pisaba por vez primera la tierra americana, y me sentía lleno de ardor (…) En realidad, no existía gran motivo para entusiasmarse. Unos edificios oscuros impedían ahora la contemplación de las montañas, y la atmósfera era tan sofocante, y estaba tan impregnada del mefítico aroma del pescado en descomposición y de otros perfumes aún peores (…)”

La vida en La Guaira le parecía agobiante, no encontraba ningún tipo de diversión. Para él, se trataba de un importante espacio comercial pero la cotidianidad no le agradaba: “En la Guaira no viven ingleses; y, por lo tanto, no hay diversiones al aire libre. Nadie muestra interés en salir de paseo, en montar a caballo, remar o navegar por placer. Los europeos, que en su mayor parte son alemanes de Hamburgo, se limitan estrictamente a fumar, beber, y jugar al whist o al billar. Sería muy fácil arreglar una buena avenida para pasear en coche o a caballo, a la orilla de la playa, pero todo el mundo procura hacer lo imposible por impedir el acceso al mar”.

A pesar de sus impresiones sobre La Guaira, vio en la montaña un lugar que le permitía disfrutar y relajarse, aunque sabía los peligros del temperamental río de La Guaira, causante de algunas tragedias en el pasado.

LAS COSTUMBRES CARAQUEÑAS

Las procesiones, corridas de toros y el uso de fuegos artificiales eran comunes en Caracas. Edward necesitaba ir hasta allá para cumplir con los deberes encomendados. Por ese motivo, tomó uno de los caminos existentes desde La Guaira. Se trataba de un trayecto difícil debido a que había un gran abismo y muchas curvas peligrosas causantes de varios accidentes.

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La Guaria, Calle El Comercio, 1864.

“Alrededor de la media noche me fui a la cama –provista de cortinas contra los zancudos– en la seguridad de que iba a disfrutar de largas y placenteras horas de descanso. Sin embargo a eso de las tres y media desperté en medio de un sueño, según el cual me encontraba en un campanario, cuyas campanas repicaban con triplicado furor. Al despertarme me convencí de que en realidad las campanadas de la cercanía armaban un escándalo de mil demonios (…) ¿Qué podría ser aquello? Quizás –pensé– es ésta la manera como los caraqueños anuncian un incendio o un terremoto. ¿O se tratará de alguna émeute popular? Si así sucede, ¡que Dios los confunda! ¿Por qué no harán sus revoluciones a la luz del día, como las gentes sensatas? (…) Después se oyeron cohetes y descargas de mosquetería (…) En la América del Sur, cada quisque tiene un santo patrono, y en homenaje al suyo, los Isleños se dieron sus artes para que el sueño huyera de los párpados de todos los que a aquella hora dormían a pierna suelta en mi barrio (…).Al llegar a la ciudad se estableció en el elegante y limpio Hotel St. Amande, aposento que le aseguraría tener un buen descanso, pero fue sorprendido por la celebración de la Fiesta de los Isleños:

Pese al bullicio característico de Caracas, el cerro d’Avila le pareció maravilloso, especialmente por poseer el cementerio más hermoso que había visto. Durante su estadia logró recolectar información sobre el terremoto de 1812 y pudo observar los daños que este había causado en las casas. Las ruinas se habían convertido en un centro destinado al desarrollo de oraciones y ceremonias religiosas por el temor que aún reinaba entre los habitantes.

EL BELLO PUERTO CABELLO

Su interés por conocer las actividades económicas lo llevaron a Puerto Cabello y al edificio de la Aduana. A su parecer era totalmente diferente al Puerto de La Guaira y era el mejor de América:

“El comercio de Puerto cabello se basa principalmente en la exportación, pues las importaciones son comparativamente insignificantes, todo lo contrario de lo que sucede
en La Guaira. A la luz del día, podía apreciar con mayor exactitud la excelencia de aquel puerto, que según se dice es el mejor que hay en América. No solo está cercado de tierra en la manera ya descrita, a pesar de lo cual es de muy fácil acceso, sino que el agua es tan profunda que los barcos pueden anclar a la orilla del muelle y recibir la carga directamente de la playa. La aduana se encuentra también en un lugar muy apropiado, pues apenas está situada a algunas yardas del muelle (…).

Lo único que le preocupaba de Puerto Cabello era la potencial amenaza de contagiarse de fiebre amarilla debido a que la zona poseía manglares y una selva pantanosa que facilitaba la proliferación de zancudos que finalmente afectaban a los habitantes. Al ser un hombre cuidadoso se encargó de utilizarmosquiteros y de cerrar temprano las ventanas de su habitación.

VALENCIA: UN PARAÍSO LLENO DE EVAS

Puerto Cabello
Ferdinand Bellermann, Vista de Puerto Cabello tomada desde el Castillo, 1842-43. Colección Staatliche Museen zu Berlin

Las mujeres venezolanas y sus costumbres acapararon la atención de Eastwick. Observó que las criollas de familias pudientes acostumbraban a sentarse en las ventanas para ser admiradas, asistían con trajes elegantes a misa y eran discretas a la hora de conversar con un hombre. Determinó que las mujeres de las clases más bajas solían ir a las corridas de toros y que eran muy trabajadoras. En general todas eran bellas y diferentes.

Al llegar a Valencia quedó encantado por la bondad de los valencianos y en especial por las beldades que allí vivian:

“Al asomarme a una de las ventanas que daban a la calle, ví a dos guapísimas criollas que regresaban de misa. Venían muy emperifolladas, y luego de entrar en la casa vecina, se sentaron a la ventana en el piso bajo que me quedaba en todo el frente (…) Por desgracia, la ventana desde la cual podía vislumbrarse el jardin se hallaba a tanta altura del piso, que solo muy de cuando en cuando, y empleando gran cautela, podía asomarse a atisbar desde ella, para no ser pillado en una indecorosa actitud de espía. Resultaba evidente, sin embargo, que había más de una Eva en el paraíso al cual acababa de trasladarme”.

Su interés por las mujeres lo llevó a determinar dónde se podían encontrar las blancas criollas, trigueñas, mulatas, mestizas y negras. En general, le pareció que las mujeres acá tenían hermosos ojos y llegó a compartir su admiración por las criollas con su amigo inglés Georges Hayward, quien se enamoró de una valenciana en uno de los recorridos planeados por Edward para deleitarse con las bellezas.

UN PAÍS RICO SUMERGIDO EN LA POBREZA

A Eastwick le parecía que Venezuela poseía grandes riquezas, recursos y una sociedad nada derrochadora. No podía comprender la existencia de la extrema pobreza en este país y la necesidad de solicitar tantos empréstitos de otras naciones. Ante tal dilema, consiguió asesoramiento de un criollo hijo de un inglés, quien le dijo que el problema era que se trataba de un pueblo que había sido sometido por los españoles, quienes intentaron mantenerlos ignorantes y lejos de cualquier iniciativa que los llevara al progreso.

Además de otros males como el contrabando, la corrupción de los aduaneros y las consecuencias de la guerra Al ser un comisionado del gobierno inglés tuvo que entrevistarse con ministros y otros políticos del país, entre ellos el presidente Falcón, el cual le parecio un hombre con un corazón lleno de humanitarios sentimientos. Él esperaba que Venezuela
resolviera su situación financiera.

Finalmente, el 9 de octubre de 1864 partió a su país con la satisfacción de saber que se había solucionado la situación fiscal venezolana y que el país se encontraba en una posición que le permitiría quedar libre de toda suerte de dificultades.

Fuente: © original en: memoriasdevenezuela